domingo, 17 de diciembre de 2006

Entrevista a un estudioso de la guerra civil



El sacerdote e historiador Vicente Cárcel Ortí (Manises, Valencia, 1940) lleva meses investigando los papeles de los archivos secretos del Vaticano relativos al Pontificado de Pío XI. Los documentos, que fueron desclasificados en septiembre, ofrecen datos inéditos sobre la II República y la Guerra Civil, ya que datan del periodo comprendido entre el 6 de febrero de 1922 y el 10 de febrero de 1939.

Cárcel, que vive desde hace décadas en Roma, ha escrito varios ensayos históricos sobre temas relacionados con la Iglesia. Entre ellos destaca su investigación sobre las matanzas cometidas en España por motivos religiosos durante la II República y la Guerra Civil («La Gran persecución. Historia de cómo intentaron aniquilar a la Iglesia católica»), así como una «Breve Historia sobre la Iglesia católica en España». El valenciano asegura que «la información que tiene el Vaticano no la tiene ni el presidente de Estados Unidos».

-¿Cuáles son las principales conclusiones a las que ha llegado tras bucear en los archivos desclasificados recientemente por el Vaticano y que aportan nuevos documentos sobre el periodo de la II República y la Guerra Civil?

-El Vaticano no quiso reconocer de ninguna manera al bando nacional en el año 1937 porque tenían vínculos con los nazis alemanes y los fascistas italianos. El día 1 de junio del año 37 se reúnen los cardenales para evaluar el golpe militar. Reconocen que la situación tenía que explotar por un lado o por otro, pero al mismo tiempo consideran que el de la República es un gobierno legítimo. Los golpistas piden que el Vaticano reconozca su Gobierno inmediatamente, pero el Papa responde que no, que antes tienen que estudiarlo sin prisas.

-Sin embargo, dos años después el Vaticano reconoció oficialmente el Gobierno nacional.

-En el año 1938 la situación había cambiado radicalmente. Franco domina la mayoría del territorio nacional. El Vaticano sabía que la guerra la iba a ganar Franco. Además era el momento en el que la República derivó en un comunismo puro en el que se fusilaba a los socialistas y a los anarquistas. Era ya el totalitarismo típico de los gobiernos comunistas. En este momento el Vaticano marca las distancias con el Gobierno de Barcelona y reconoce oficialmente el de Franco, en mayo del 38. Inmediatamente después lo hicieron el resto de naciones.

-Y los obispos españoles, ¿cuándo apoyaron abiertamente el nuevo régimen?

-El 1 de julio del 37, un año después del comienzo de la guerra, se declararon a favor del bando nacional. A pesar de la sangría de asesinatos contra católicos, esperaron un año para posicionarse. Apoyaron el frente nacional pero sin saber qué pasaría después, ni lo que estaba pasando ya en algunos frentes, igual que nosotros no sabemos que está pasando realmente en Iraq, habrá que esperar para saber como acaba.

-El Vaticano se encontraba entre dos fuegos.

-El Vaticano estaba obsesionado con dos peligros: por el Este el comunismo y por el centro de Europa el nazismo. Se encuentra con un régimen que no le gusta, que es la República, que deriva al comunismo, pero que reconoce casi hasta el final. Y al otro lado se encuentra con un régimen que está naciendo y que tampoco le gusta por la ideología que muestra.

-¿Qué dicen los documentos desclasificados sobre la persecución contra la Iglesia que se produjo en esos años?
-El Papa sabe que hay persecución y quiere detalles. Pide informes a los obispos y éstos su vez a las parroquias. La persecución tiene momentos distintos. Empieza con quema de iglesias y conventos y acaba siendo una matanza total, una locura. Hay documentación mucho más precisa de cuando acabó la guerra, con fotos, detalles, etcétera. Eso está todo guardado, en una parte del archivo de la que me han hablado, que no está aún abierta a la documentación todavía, pero que lo estará algún día.

-¿Hay datos que demuestren que las autoridades republicanas tenían algo que ver con la persecución religiosa?

-El 9 de enero de 1937, Manuel de Irujo, ministro de Justicia, nacionalista vasco, muy católico, en un consejo de ministros lee un informe en el que denuncia que todo lo que está pasando en la España republicana no puede ser fruto de elementos incontrolados, como se decía entonces. Irujo dice que no es posible porque no pueden ocurrir estas cosas a espaldas del Estado. Al final de su intervención dedica una frase durísima, asegurando que si sigue así la cosa se acabará creando un estado realmente fascista.

-¿Por qué siguió reconociendo el Vaticano la República si sospechaba que la persecución religiosa se orquestaba desde el Gobierno republicano?

-La Santa Sede mantuvo siempre mucho respeto a la República. Lo reconoce como Gobierno de la población española. Otra cosa es que no le gustase dicho gobierno, pero lo reconoció, porque la Santa Sede no se plantea esas cosas, sino que reconoce al que está legítimamente en el poder: es la teoría de San Pablo, que pide que se reconozcan los poderes instituidos. Estaban matando curas, frailes y quemando iglesias. Pero desde el Vaticano se ven las cosas desde arriba. La Iglesia ha sufrido muchas revoluciones y muchas persecuciones, de modo que la situación no estaba suficientemente clara como para reconocer el gobierno nacional.

-En la conferencia que ofreció la semana pasada destacó la labor humanitaria efectuada por el Vaticano durante la guerra. ¿En qué consistió?

-Por una parte recuperar a los niños de las zonas republicanas que fueron mandados a otros países. Durante el asedio de Bilbao unos 20 mil niños fueron llevados al extranjero. Según los republicanos, esos niños se los llevaron para evitar que los mataran los nacionales en los bombardeos. Según los nacionales, esos niños se los llevaron para educarlos en el marxismo y el comunismo, alejarlos de su familia. El Vaticano también intervino ante las autoridades nacionales para que no ejecutasen a miles de condenados a muerte y para que los condenados a muchos años de cárcel pudiesen salir antes con reducción de penas. Pero Franco no siempre escuchó las intercesiones del Papa. Pío XI sólo consiguió salvar a algunas de esas personas.

-¿Considera necesario clarificar lo que ocurrió durante aquellos años y sacar a la luz los hechos y los asesinatos?

-Hay que recordarlo, la memoria histórica es importante. Lo que no se pueden sacar son hechos de hace 70 años como si fueran piedras para arrojárselos a los demás. Es una operación política absurda. Hoy se están repitiendo muchos de los mismos errores que cometieron los abuelos o bisabuelos y no se dan cuenta de que esto es un boomerang, que se vuelven contra ellos. La gente está muy cansada de esta manipulación histórica. La historia la tienen que hacer los historiadores y no los políticos.

Fuente: Angel Villarino, La Razón

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